Quienes los crían reciben precios diferentes y aseguran que son víctimas de los frigoríficos por un monopolio comercial.
George Orwell inmortalizó sus críticas al sistema soviético en una fábula moderna que pasó a la historia, “Rebelión en la granja”. La frase más célebre de aquella alegoría expresaba en su conclusión que “todos los animales son iguales, pero algunos son más iguales que otros”, una ironía acerca de las inequidades que encerraba el sistema que con mano férrea conducía José Stalin en 1945.
En la Argentina de hoy, salvando las distancias, podría decirse parafraseando a Orwell que “todos los pollos son iguales, pero algunos son más iguales que otros”. Y es que según Ricardo Unrrein presidente de la Cámara Argentina de Productores Integrados de Pollo (Capic) cuando un consumidor se para frente a la góndola de pollos “todos son iguales”: comen lo mismo y se crían de igual manera. Por eso recomienda que a la hora de elegir uno para la cocina solo hay que mirar el precio.
Pero el valor de compra que puede elegir el consumidor no tiene su correlato con el precio al que quisiera vender el “integrado” o el “criancero” como se suelen autodenominar los productores avícolas que se encargan de engordar a los animales. Según Unrrein los frigoríficos pagan “lo que se les ocurre” por cada pollo engordado, según explicó a Casado con el Campo (AM570). Y “lo que se les ocurre” puede ser 1,30 peso por cada animal, a razón de 44 centavos el kilo.
Unrrein recuerda mejores épocas, cuando en los años sesenta hace medio siglo, los criadores de pollo podían negociar el precio con las industrias frigoríficas, hacia 1968, repasa, “éramos independientes”, de los monopolios frigoríficos. Pero una sobreoferta de pollos por aquellos años los dejó atados a un sistema nuevo que hoy los está dejando “en situación de quebranto”.
El sistema “independiente” de antaño cambió por otro que explica la “integración”. El funcionamiento actual para la producción de pollos, cuenta Unrrein, se resume así. Los frigoríficos manejan el monopolio de la producción de pollos bebé, tan esenciales como una semilla para el agricultor. Ceden los pollitos bebé al “integrado” y además le dan todos los insumos (alimento, cáscara de arroz) que en la provincia de Entre Ríos, incluye la provisión de gas.
Luego de 48 o 52 días, con un peso de entre 2,8kg o de 3,1kg, el “criancero” entrega el pollo “terminado” a un precio de 1,3 peso por cada animal, alrededor de 44 centavos por kilo, por los que el consumidor pagará en góndola actualmente unos 18 pesos. Unrrein es de la localidad de Crespo, Capital Nacional de la Avicultura, y asegura con orgullo que en su zona los productores cobran alrededor de 2,4 pesos por animal, casi el doble del valor por el que lo venden los demás productores de la provincia.
“Venden” es una forma de decir, porque no hay una puja de precios, el valor de cada pollo es impuesto por el comprador sin discusión de partes: “ellos nos pagan lo que se les ocurre, no hay diálogo, y nosotros jamás podemos pactar un precio”, aclara Unrrein. Entre Ríos concentra unos 2.400 productores y alrededor de 6.000 galpones de pollo, cifras que representan el 55% de la producción nacional.
En la provincia de Buenos Aires, en tanto, los productores reciben por cada animal entre 1,7 y 2 pesos, pero a los “integrados” bonaerenses no se ofrece la energía como a los entrerrianos. Unrrein asegura que el precio de cada pollo en la actualidad para obtener rentabilidad debería rondar los 3 o 3,40 pesos. Con los 2,40 que reciben en Crespo “se cubren los costos” y a pesar de que es un precio mucho más elevado que el de sus colegas “ningún frigorífico se funde, trabajan bien y están agrandando su producción”.
Cuando se produjo la “crisis” pollera en los sesenta “los galpones quedaron vacíos, y entonces ellos (los frigoríficos) nos ofrecieron este sistema de producción” nuevo. En los dos últimos años “se pasó de una sobreoferta de pollos a una sobre oferta de galpones y los frigoríficos están haciendo lo que quieren”, se queja el entrerriano.
“Volver ahora al sistema anterior es casi imposible”, asegura, “primero porque no tenemos los medios económicos, y segundo porque ellos monopolizan los pollitos bebé que únicamente lo producen los frigoríficos” mediante inversiones en plantas de incubación y madres para la provisión de huevos fértiles.
Desde hace algunos años los “integrados” de la Capic se reunían para promover una mejora con un marco normativo que defendiera sus intereses. Fatigaron pasillos legislativos y llegaron a acariciar un proyecto de ley que establecía contratos de venta de su producción, pero que con el tiempo no prosperó, por “el lobby de los frigoríficos” asegura Unrrein. Hace menos de un año conformaron formalmente la Cámara y en el marco regulatorio que proponen esperan recibir un 11% de lo que cuesta el pollo a salida de frigorífico.
La Capic brega por una ley avícola –al igual que otros países como Uruguay- que ponga en negro sobre blanco los derechos y obligaciones de cada parte involucrada de la cadena. Con la esperanza de que algunos integrantes en la producción de pollos dejen de ser más iguales que otros.
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