CHILE : La ciudad del norte y el valle de Azapa se convirtió en un polo de desarrollo de nuevas variedades vegetales. Casi todo el maíz., raps, maravilla y soya que se vende en el mundo pasa en algún momento por las estaciones de investigación instaladas de la zona. La estabilidad climática y la posibilidad de sembrar en cualquier mes, son sus grandes ventajas.

Eduardo Moraga vásquez  ”Estás loco, ¿qué vas a ir a hacer a Arica?”. Rafael Larraín (33) recibió un bombardeo de malos augurios. Era 2007 y había aceptado la oferta de la semillera Pioneer para colaborar en la instalación de la primera estación de investigación de la multinacional en el valle de Azapa. Como egresado de Agronomía de la Universidad Católica tenía un futuro asegurado en la zona central del país. Sus colegas no entendían por qué se iba tan lejos, a una zona con poca agricultura. 
Larraín, en ese entonces recién casado y sin hijos, viajó con la meta personal de mantenerse por lo menos tres años en Arica.  
Ahora, y aunque piensa retornar a Santiago, no tiene apuro. Cree que producir semillas en Azapa es uno de los trabajos más interesantes que un agrónomo puede tener en Chile. Como gerente de investigación de Pioneer en Azapa, debe coordinar centenares de investigadores, desde Iowa hasta Francia, que buscan un espacio en la desértica planta de Pionner para sacar adelante nuevas generaciones de maíz, raps y maravilla. 
Todos esos científicos están en una frenética carrera para lograr nuevas variedades de uso comercial. Para ellos, Arica es el nuevo norte de la producción semillera mundial.
Porque Azapa, el valle agrícola adyacente a la capital nortina, es el punto obligatorio de paso de casi todas las nuevas variedades de cultivos extensivos del mundo. En el valle operan las tres grandes semilleras del mundo, Pioneer, Syngenta y Monsanto; además de un enjambre de empresas de relativo menor tamaño. 
La superficie semillera de investigación ya ronda las 240 hectáreas, frente a las sólo 60 hectáreas que había en 2008, en Azapa y una floreciente comunidad de agrónomos y científicos se instaló en Arica. 
Sin contar con el constante peregrinar de investigadores del hemisferio norte, que se dejan caer en la zona para observar el desarrollo de sus experimentos. 
¿Qué tiene Arica que se transforma en un magneto? 
Un cóctel que incluye un clima ideal, alta calidad de los profesionales locales, condimentado con la seguridad que otorga Chile para hacer investigación de punta. 
Arica 5, Hawai 0 
La ola que golpea en Arica es el último capítulo de la reinvención de la industria de semillera mundial, que en el último par de décadas redujo dramáticamente el tiempo necesario para obtener nuevas variedades. 
La zona central de Chile, específicamente Buin y Paine, aportó su grano de arena, pues permitió a las empresas obtentoras de variedades vegetales, todas afincadas en el hemisferio norte, tener una segunda cosecha en el hemisferio sur. Así, las semillas de la nueva generación eran enviadas a Estados Unidos o Europa, donde se plantaban. Unos meses después, el ciclo se volvía a poner en marcha.
De golpe y porrazo, la década que antes tomaba desarrollar una nueva variedad se redujo a la mitad. 
La velocidad de trabajo se aceleró aún más con la popularización de la biotecnología, con la trasgenia como uno de sus métodos de mejora y los marcadores moleculares como herramienta de análisis. 
Aunque hay registros de producción de semillas desde los 90, eso sí con superficies muy pequeñas, es con el cambio de milenio que Arica comienza a entrar en el radar. 
Lo que llamó la atención de Azapa fue su clima. Las temperaturas en el valle, que por décadas fue principalmente olivícola, se mueven en una franja relativamente estrecha y alta. En términos simples, es un invernadero al aire libre. 
A diferencia de Buin o Paine, en Azapa se puede plantar un maíz en cualquier mes y, al cabo de 120 días, obtener una mazorca. De hecho, es posible lograr dos generaciones en un año. 
Hawai y Puerto Rico son de los pocos lugares en el mundo en que también se puede producir semillas de esa forma. De hecho, la mayoría de las empresas obtentoras tenían estaciones de investigación en esos lugares antes de poner un pie en Arica. 
Sin embargo, Azapa les da más seguridad a las empresas. Casi no llueve -menos de un milímetro de precipitaciones al año- y existe agua subterránea para sustentar la agricultura.
La estabilidad del clima contrasta con las tormentas tropicales que azotan a sus “competidores” del hemisferio norte y que pueden derrumbar cuarteles enteros, introduciendo demoras en el mejoramiento genético. 
“Esta es una carrera similar a la industria farmacéutica, quien llega primero con la solución a un problema, obtiene ganancias importantes”, explica Jorge Escudero, agrónomo de Tuniche.
Así se entiende por qué Arica se volvió uno de los ejes de la industria mundial. 
La certeza en la producción ha permitido trasladar la etapa inicial de investigación, en que se tantean cientos de posibilidades en búsqueda de una planta con características perfectas, ya sea por productividad, ciclo de madurez o adaptación a la sequía, al valle nortino. 
Un imán para los investigadores
Mientras en EE.UU. o Europa las empresas semilleras mantienen una relación tensa entre ellas, que incluye multimillonarias demandas por patentes industriales, en Arica el ambiente es de relajo. 
“Acá no tenemos problemas, incluso hay buena onda entre nosotros. La demanda es tanta por nuestros servicios que cada uno tiene su espacio. Obviamente, cada uno mantiene la confidencialidad sobre lo que trabaja”, afirma Gonzalo Reyes, de Massai. 
En términos simples, existen dos tipos de empresas semilleras en Azapa. Por una parte están las grandes, como Pioneer y Syngenta, que tienen sus propias instalaciones, las que incluyen laboratorios de punta, y están enfocados a prestar servicios a clientes internos. 
Esos obtentores tienen investigadores repartidos por todo el orbe, pues las nuevas variedades deben adaptarse a cada lugar. 
Una semilla de maíz que funciona bien en Iowa, puede comportarse pobremente en Río Grande do Sul, pues las condiciones de suelo, humedad o plagas son diferentes. Los profesionales en Arica tienen que ser capaces de interactuar con ellos y resolver sus necesidades de reproducción. 
“Nos hemos ido ganando un gran prestigio por la calidad de nuestros servicios. Hay que pensar que para un investigador es como que nos entregaran a sus bebés para que se los cuidemos por varios meses”, explica Francisca Acevedo, gerente de desarrollo de nuevos cultivos de Syngenta en Azapa. 
Además, hay varias empresas chilenas que prestan servicio de reproducción para terceros, como Tuniche, Massai o Maraseed. Dependiendo de las necesidades de los clientes, las empresas pueden tener solamente un campo dedicado a ellos, o compartir localizaciones. 
El rango de productos es amplio, y puede ir desde pimentones hasta soya, pasando por trigo o girasoles. También pueden ser transgénicos o convencionales. Los clientes pueden ser europeos, asiáticos o norteamericanos. 
Ese segmento de empresas se ha sofisticado notablemente. 
“Todos hacemos lo mismo y conocemos como se comporta Azapa. La diferenciación pasa por la calidad de servicio que somos capaces de entregar a nuestros clientes. Nos preocupamos de entregar un flujo constante de información a los investigadores. Subimos a Internet fotos de cada etapa de las plantas, para que vigilen su desarrollo. Les informamos como van los tiempos de producción, así ellos se pueden programar para recibir de vuelta las semillas”, explica Jorge Escudero. 
Lo que no cambia entre las empresas transnacionales y las maquiladoras chilenas es que todas atraen un enjambre de investigadores de todo el mundo. Si los informáticos tienen a Silicon Valley como lugar de peregrinaje, los investigadores semilleros tienen a Arica. 
“Más allá de que para ellos es importante observar cómo se comportan las plantas, hay mucho interés por venir a Arica. Tienen el mar cerca, la posibilidad de subir al Altiplano o atravesar la frontera con Perú. Eso sumado a la posibilidad de escaparse del invierno y de la nieve del hemisferio norte”, afirma Rafael Larraín. 
Estabilidad futura 
Si bien los semilleros ariqueños reconocen que su rubro ha tenido puesto el pie en el acelerador en el último lustro, creen que llegaron a una etapa de estabilidad. 
“No creo que la superficie suba mucho más de lo que hay ahora. Lo que sí va a pasar es que aumente el número y complejidad de los servicios que se prestan”, explica Francisca Acevedo. 
Por ejemplo, a la investigación de semillas de cultivos extensivos, se puede agregar el estudio de la relación de los agroquímicos con las nuevas variedades, así como el comportamiento del control biológico de plagas y un aumento importante en el área de las hortalizas. 
Arica todavía tiene mucho por germinar.
 Peros ambientales, ventajas laboralesLo activistas medioambientales miran con suspicacia la llegada de las empresas semilleras a Azapa. 
“En Lluta, un valle vecino, hay maíces autóctonos, que son un patrimonio para la humanidad, pues sobreviven en un ambiente muy salino. Corremos el riesgo que el polen de los cultivos transgénicos los contaminen”, afirma María Isabel Manzur, directora de la ONG Fundación Sociedades Sustentables.
A lo anterior Manzur agrega que la instalación de las semilleras se dio sin estudios de impacto ambiental. 
“Nos gustaría que se investigara si el polen de maíces transgénicos de Azapa puede llegar a Lluta”, remata la ambientalista. 
Otro flanco abierto para los semilleros es la mirada de la comunidad ariqueña. Aunque difuso, reconocen cierto resquemor, pues la instalación de sus cultivos se ha hecho en zonas en que había olivos, pues esos campos tienen derechos de agua. Ese árbol es motivo de orgullo local, por las famosas aceitunas de Azapa, y su tala es resistida. 
Por eso las compañías de la zona se reunieron para formar este año un capítulo local de Anpros, el único de carácter geográfico del gremio de las semillas. A cargo de él está Paola Melús y ya ha organizado seminarios de difusión en la zona como forma de visibilizar el aporte de la industria a la comunidad de Azapa y desmitificar los prejuicios respecto de los cultivos transgénicos. 
Una de las grandes ventajas de la llegada de la industria semillera es el aumento de puestos de trabajo, lo que inyecta dinamismo a la alicaída economía local. De hecho, en los períodos de mayor actividad durante el año llega a demandar 1.500 trabajadores.  
“Destaco que las empresas tienen puertas abiertas a los profesionales de la zona. Muchos de nuestros estudiantes partieron haciendo la práctica y pudieron continuar su carrera en esas compañías”, afirma Vitelio Goykovic, decano de Agronomía de la Universidad de Tarapacá.