Existe en la Argentina una fuerte inclinación a discurrir acerca del ser
nacional; también se ha escrito abundantemente sobre el argumento. No me
parece que esta preocupación sea de tal modo preponderante en muchos otros
países. ¿No se tratara, en nuestro caso, de un síntoma de adolescencia?
Hablar de ser nacional implica describir los rasgos que caracterizan a una
nación, a esa comunidad biológica, social, cultural en la cual los miembros
comparten la conciencia y el sentimiento de ser tributarios de una historia
común. Subrayo algunos de los términos empleados: común, comunidad,
compartir, participar; contrastan con cualquier enunciado retórico y altisonante y
se refieren a una realidad humilde y esencial, constitutiva. Pienso en el bien
común de la nación, que lo es por su universalidad: es comunicable, participable,
hace a la suficiencia de vida, al vivir de cada uno de los miembros y de todos en
su conjunto, como comunidad.
Es posible proyectar estas nociones sobre un estudio de la índole
argentina -supuesto que lleguemos a describirla y nos pongamos de acuerdo
sobre la definición-; entonces saltarán a la vista algunas falencias. Quiero
aventurarme en señalar tres problemas argentinos.
El primero puede identificarse como una tendencia a anteponer el bien
particular al bien común. Concretamente, por primacía del bien particular
entiendo la inclinación a otorgar predominio a los intereses sectoriales, que se
imponen al interés común de la nación. El concepto de bien común, que es
clave en el Doctrina Social de la Iglesia, resulta una noción extraña para muchos
en el mundo político. Precisamente, la autoridad gubernativa tiene como función
especifica la justa conciliación de los intereses particulares de individuos y de
grupos en orden a conseguir y asegurar durablemente el bien común; pero para
lograrlo se exige la colaboración de todos, el accionar comunitario. El problema
no es puramente pragmático, y muchas menos oportunista, sino que plantea la
dimensión moral de la convivencia social.
Otra cuestión eminentemente ética salta a la vista en la historia y en el
presente de los argentinos: grava sobre nosotros un atavismo de discordia. Es un
fenómeno que se ha verificado desde nuestros orígenes, desde los días de la
independencia, pero en algunas etapas se manifestó con atrocidad y ha causado
enormes sufrimientos. Es necesario curar esta llaga, no resignarse a vivir con
ella. Lo peor ocurre cuando se incentiva la discordia y se teoriza sobre la utilidad
de las oposiciones; se presentan los conflictos como necesarios: si existen se los
agudiza y si no existen se los crea. ¡Todo lo contrario! Los conflictos tienen que
ser resueltos mediante la apertura al diálogo, que incluye la discusión respetuosa
y una voluntad favorable al gran bien de la amistad social. Esta referencia al
dialogo no es una invocación beata, ni una mera aspiración idealista; responde a
una teoría correcta de la sociedad, pero tiene configuraciones concretas de
sentido común. Hay que reconocer que se trata, además, de una meta políticamente
realizable y que asegura la naturaleza virtuosa, ética, de la actividad
política. No hay nada más razonable y deseable que las diversas fuerzas sociales y
políticas –aun si se diferencian por planteos ideológicos contrastantes- se pongan
de acuerdo para resolver problemas fundamentales, para superar necesidades
evidentes. Todas ellas realidades objetivas a propósito de las cuales se puede y se
debe estar de acuerdo. El cultivo de la confrontación y la manía de demoler
puentes son típicas rémoras de la vida política argentina, que es preciso superar
con inteligencia y amor.
En tercer lugar, destaco la importancia de promover una constante
educación para la vida social. Este aspecto capital del desarrollo de la
personalidad debe comenzar muy pronto en la vida del niño y ha de realizarse
ante todo en el seno de la familia. La situación de la cultura actual deja ver la
perdida de valores fundamentales de humanidad que se transmitían normalmente
en el ámbito familiar y que la escuela, cuando el sistema educativo funcionaba
correctamente, ayudaba a afianzar. La formación para la vida social incluye como
un bien esencial la recta educación para la libertad, que no se entiende en
sentido individualista, y que se verifica mediante el cultivo de la orientación de
inclinaciones naturales del hombre, que incluye la vida en comunidad, en el
sentido de compromiso voluntario y generoso de la persona en los intercambios
sociales. Es la preparación para la vida en la pólis, la formación del ciudadano de
tal modo que todos seamos responsables de todos. Este valor se llama
solidaridad.
Podemos avizorar la superación de clásicos problemas argentinos si
logramos formar adecuadamente a las nuevas generaciones. Pero ¿y la nuestra?
Muchos piensan que en la Argentina la sociedad es mejor que la política, que los
políticos. Sin embargo, las falencias que he señalado indican –si es aceptable mi
observación- que la superación de nuestros problemas exige la necesidad de una
reeducación en algunas áreas de nuestra personalidad colectiva. Una
recuperación de lo mejor de nuestro ser nacional y a la vez la sanación de sus
crónicos desarreglos.
+ Héctor Aguer
Arzobispo de La Plata
Gran Canciller de la Universidad Católica de La Plata
(*) Exposición en el marco de la reunión del Consejo Directivo de CARBAP del 27 de
noviembre de 2013 con motivo de la firma del Convenio entre la Universidad Católica de La
Plata (UCALP) y la Confederación de Asociaciones Rurales de Buenos Aires y La Pampa.-
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