domingo, 18 de diciembre de 2016

Uruguay : El cannabis en la estrategia país


Existe oportunidad en la investigación científica de las propiedades de esa planta
La planta de Cannabis sativa ha generado desde hace algunas décadas pasiones llamativas. Desde religiones hasta millones y millones gastados para la destrucción de cultivos. Es un tema difícil, que conlleva riesgos que hay que sopesar con cuidado. Pero que a través de su potencial como generador de medicinas, productos industriales y textiles, son potenciales que si Uruguay sabe aprovechar pueden consolidar una lógica de crecimiento basado en el agregado de valor agrícola y al perfil de Uruguay natural. Uruguay dispone por poco tiempo más de un monopolio mundial para trabajar con cannabis seriamente. Y tiene una trayectoria de seriedad en general y trazabilidad en particular que no puede desperdiciar.
Dentro de los variadísimos aspectos que ese tema tiene, oportunidades, riesgos, complejidades, clusters posibles, uno es el fundamental. Está naciendo una medicina cannábica en el mundo en la que Uruguay debería ser vanguardia. Pero la planta genera pasiones que muchas veces nublan la razón, tanto por parte de quienes aman la planta como por parte de quienes la detestan. Lo que Uruguay debe tener al margen de estas pasiones es una actitud científica y racional. Si hay verdad detrás de los beneficios médicos del cannabis para algunas afecciones en determinadas circunstancias, Uruguay debe tomar nota y avanzar en ese camino de desarrollo. Tiene para ello una gran ventaja: el presidente Tabaré Vázquez tiene una sólida formación científica y está claro que tiene todas las precauciones ante cualquier cosa que afecte la salud. Como dijo cuando Uruguay ganó el juicio a Philip Morris, la salud debe estar primero que el lucro. Pero el cannabis, además de su conocido uso psicoactivo, tiene un creciente uso médico. Que tiene una base científica en pleno desarrollo.
Podemos perder la hermosa oportunidad de posicionarnos en el mundo como un país productor y exportador de medicinas a partir de la agricultura. Medicinas que hoy están siendo recomendadas por médicos y buscadas por muchas personas, por ejemplo, ante los casos de niños con epilepsia refractaria o de adultos con esclerosis múltiple o Parkinson.
Una nota editorial del diario El País el sábado pasado postula que esto es una mera superchería. Afirma que es uno de “tantos productos de la llamada medicina alternativa, cada uno con sus propiedades milagrosas. Algunos recordarán al famoso lisado del corazón que estuvo muy en boga en determinado momento, o la ingesta de gorgojos como instrumento de lucha contra el cáncer. Es muy comprensible que las personas afectadas de graves males y sus familiares busquen desesperadamente la curación a través del camino que sea, siempre que les despierte alguna esperanza”.
Si esto fuera así, es claro, deberíamos descartar al cannabis medicinal como cadena de valor. Sería de una crueldad inadmisible ilusionar a una persona enferma con una supuesta cura mágica. Sería obviamente indignante hacer a alguien comer gorgojos como tratamiento contra el cáncer. Hay mucho negocio de la milagrería y no se debe formar parte de nada que se le parezca.
Raphael Mechoulam hace décadas que trabaja en este tema. Este químico de 86 años es el científico admitido con menor edad en la historia del prestigioso Instituto Weizmann de Ciencias en Israel. Dice en el documental The Scientist, fácilmente accesible por Youtube: “Un científico debe dedicarse a estudiar temas importantes, y yo consideré que este era un tema importante: la planta ha sido usada durante miles de años como medicinal pero sorprendentemente su componente activo no había sido aislado nunca en forma pura.
Descubrió y aisló el THC, la sustancia psicoactiva del cannabis y descubrió muchos otros cannabinoides no psicoactivos pero que cumplen potencialmente funciones importantes. Si nuestro cerebro interactúa con los cannabinoides, ha de tener receptores en el sistema nervioso para ese tipo de sustancia, se dijo Mechoulam, y finalmente los detectó, son los llamados CB1 y CB2. Y si tenemos receptores para esta familia de compuestos químicos será porque nuestro propio sistema nervioso genera cannabinoides. Mechoulam y su equipo los llamaron endocannabinoides, y hay por lo menos dos, llamados anandamida y 2-AG. De modo que no solo hay fito cannabinoides, es decir cannabinoides derivados de la planta. También hay endocannabinoides que nuestro propio organismo –el de todos los mamíferos– genera. Es decir que tenemos un sistema endocannabinoide en nuestro cuerpo.
En nuestro organismo los cannabinoides cumplen funciones vinculadas a la homeostasis del sistema nervioso. Es decir, al mantenimiento del equilibrio funcional. Está razonablemente demostrado que muchas veces el cannabis funciona como medicamento simplemente porque el cuerpo humano no logra generar los endocannabinoides que necesita, lo que lleva por ejemplo a que ocurran ataques de epilepsia. ¿Puede decirse que está totalmente demostrado? En ciencia es difícil afirmar eso. Hay quienes creen que nada puede demostrarse en forma definitiva. Pero a las madres que han comprobado que unas gotas no psicoactivas en un terrón de azúcar evitan los ataques de epilepsia de sus hijos eso poco les importa.
En este tema, varios nos han tomado ventaja desde la ciencia, pero posiblemente nadie como los israelíes que han disfrutado del liderazgo de Mechoulam. “El Ministerio de Agricultura ha establecido áreas específicas para la investigación y el ensayo del cultivo de cannabis, una planta cuyo principal uso es el tratamiento médico de pacientes de todo el mundo”,dijo en agosto el propio ministro de Agricultura de Israel, Uri Ariel. ¿Apostaremos en Uruguay a que este tema sea comparado a chantadas como el lisado de corazón?
Bloomberg titulaba esta misma semana: “¿Quiere investigar sobre cannabis medicinal? Su lugar es Israel”. Lo leo con dolor, porque Uruguay hace tres años que tiene la mejor legislación del mundo para avanzar. Seguimos sin hacer el gol.
Se explica en ese informe que en el sector privado desarrollando medicamentos de cannabis se estima que hay 200 mil israelíes que los usarían, un mercado de US$ 262 millones por año.
El artículo de El País mencionado, llamado “La marihuana no es inocua”, comete un segundo error grave. No entiende cuál es el negocio. Cree que es vender marihuana. Realmente todo lo contrario. El negocio de Uruguay debe tener dos aspectos: desarrollar el cannabis medicinal y desarrollar todo lo relacionado con el cáñamo, es decir las variedades no psicoactivas. Textiles, alimentos, bioplásticos compostables, materiales para impresoras 3D. En el mundo hay un estallido de emprendimientos. En el cannabis psicoactivo Uruguay tiene que ser totalmente serio, advertir riesgos y no tomarlo como un negocio. No debe serlo.
Uruguay tiene que entender antes de que sea tarde que hay ciencia seria detrás del cannabis y que tiene una oportunidad maravillosa ante sí desde hace tres años: desarrollar la producción de cannabis orgánico con fines medicinales.
Dice el editorialista, muy convencido, como sabedor, que el grueso del negocio no está en las zapatillas, ni en las cuerdas o los jarabes medicinales –aunque la industria farmacéutica sea un filón interesante– sino en la producción y venta de marihuana.
Está completamente equivocado. No son “jarabes” medicinales. Es generar investigación nacional para el desarrollo de productos médicos. La exclusividad que Uruguay tiene durará poco. La semana pasada fueron los diputados de Argentina los que aprobaron el cannabis medicinal, esta semana fue el Senado mexicano que lo hizo, y en Canadá, también esta semana, el gobierno recibió un informe técnico que recomienda legalizar, regular, dando amplias libertades en el uso de la planta. En las elecciones de EEUU, de seis estados que plebiscitaron autorizar el uso de cannabis medicinal, los seis decidieron democráticamente aprobarlo.
Está pasando un tren sumamente importante. En un agro que tiene como único motor de crecimiento fuerte la forestación, en una agricultura que enfrenta el agotamiento de algunos de sus cultivos tradicionales, precisa prestar atención con seriedad a este tema.
Se trata de potenciar además nuestro capital como país capaz de implementar trazabilidad de productos. Debe demostrar capacidad de producir cannabis a bajo costo y con absoluta seriedad y control a alta escala en poca superficie. Es la cadena de mayor valor agregado imaginable, y la de propósitos más nobles posibles. El tema no debería partidizarse. Debería encararse rápidamente como una política basada en la mejor ciencia. El camino lo abrió la valentía liberal de Jorge Batlle, la ley vanguardista de Luis Lacalle Pou, una votación parlamentaria. Y, superando antiguos prejuicios, Uruguay todo debe considerarlo en las antípodas de lisados y gorgojos. Como en la carne, el arroz o el vino, debe preguntarse: ¿cómo agregar éticamente el mayor valor posible? No se trata de esoterismo, o de inventar la pólvora. Apenas de seguir el camino israelí. En el instituto Weizmann deben considerar al cannabis como un tema más serio que el lisado o los gorgojos. Uruguay debe darles la espalda a los escritos sin base científica que hacen alarde de ignorancia. Y explorar el potencial de esta planta en el Uruguay agrointeligente y natural.

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