domingo, 28 de mayo de 2017

El tambo suma nuevos modelos


Sabemos que la nota de tapa de esta edición de Clarín Rural, dedicada al emprendimiento lechero de Adecoagro, traerá cola. No solo porque se trata de una ruptura paradigmática, lo que siempre desata polémica, sino por la oportunidad. El tambo está atravesando una profunda crisis y para muchos es un momento inapropiado para hablar de […]
Sabemos que la nota de tapa de esta edición de Clarín Rural, dedicada al emprendimiento lechero de Adecoagro, traerá cola. No solo porque se trata de una ruptura paradigmática, lo que siempre desata polémica, sino por la oportunidad. El tambo está atravesando una profunda crisis y para muchos es un momento inapropiado para hablar de innovación. En la crisis inciden un sinnúmero de factores, la mayor parte de los cuales inciden “tranqueras afuera”.
Todos conocemos la situación calamitosa de SanCor, los dramas financieros de toda la industria y los tentáculos del pulpo sindical de Atilra. La década k fue deletérea, exacerbó todos los factores negativos e impidió que el momento de bonanza internacional (entre 2008 y 2012) llegara a la cadena. Ahora hay un nuevo horizonte, y está bueno ver lo que estuvo ocurriendo, a pesar de todo. Aquí y en el mundo.
Mariano Bosch, CEO de Adecoagro desde que arrancó la compañía hace 15 años, mostró sus números la semana pasada. La compañía cotiza desde hace cinco años en Wall Street, donde miles de inversores compran y venden acciones conocidas bajo la sigla AGRO.

El balance del primer trimestre del 2017 es más que sugestivo: la explotación lechera generó un EBIT de U$S 2 millones. Sus casi 7 mil vacas en ordeñe, en dos tambos donde las vacas viven a galpón, no conocen el pastoreo y reciben toda la alimentación mecánicamente. El campo se dedica a la producción de maíz, verdeos y soja. Y estos cultivos se transforman en un flujo de 250 mil litros de leche por día.
Muchos expertos del sector conocen el “experimento” del free stall de Christophersen. Casi todos lo han mirado con desconfianza. Plantaron sus dudas por la “rigidez” de la alta inversión que implica el modelo, en comparación con el clásico sistema pastoril, donde las vacas se valen por sí mismas para procurarse el alimento pastoreando praderas y verdeos.
La diferencia está en la productividad. Los buenos tambos pastoriles están en niveles de 24 litros de leche por día, donde la mitad, por otro lado, se origina en los concentrados (granos) que reciben las vacas en la sala de ordeño o en encierros estratégicos o tácticos. En el tambo de Adecoagro se promedian ya los 35,5 litros/vaca por día. Es un 50% más.
La diferencia es confort animal, ahorro de energía (las vacas no caminan) y uniformidad en la dieta. El propio Mariano Bosch señala que el sistema es tremendamente sensible a la productividad: con 30 litros no cierra, pero arriba de 35 los márgenes explotan.
Con la misma genética, lo que implica que hay un gigantesco lucro cesante global. Si algo hizo bien el tambo, fue incorporar el mejor semen del mundo, provisto por importadores y productores locales que se acoplaron al ritmo mundial.
La inversión de Adecoagro en los dos tambos, en estos 12 años, alcanzó a U$S 55 millones. Esto implica una restricción fundamental. Es muy difícil evolucionar desde un tambo clásico, por mejor manejado que esté, a estos modelos súper intensivos. Recuerdo que en 1993 viajamos con el CREA Lincoln (tambero líder) a los EEUU. Arrancamos por la Universidad de Florida, en Gainesville, donde los investigadores arrancaron mostrando estos modelos de 8 mil vacas confinadas. “Esto no es para nosotros…”, pero la pelota quedó picando.
Adecoagro no está solo. Hay otros tambos, como el de la familia Chiavassa en Pellegrini (Santa Fe) que aunque más pequeños, van en la misma dirección. En la cuenca de Villa María la estabulación es tema de todos los días. Un gran grupo agropecuario, Compañía Argentina de Granos, está considerando un megatambo en San Luis, bajo riego. No es una cosa o la otra. Es saber que esto está pasando.

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