sábado, 30 de septiembre de 2017

Francia y la ola tecnofóbica


El gobierno francés anunció que suspenderá el uso del glifosato, aun cuando no se han corroborado los peligros para la salud
El gobierno francés anunció esta semana que suspenderá el uso del glifosato, cualquiera sea la decisión de la Unión Europea al respecto. Conviene destacar que la UE votará en noviembre una prórroga por diez años, en la inteligencia de que no se han corroborado los peligros para la salud del popular herbicida.
La decisión francesa parece en primera instancia un paso más en la implacable batalla de los autodenominados “ecologistas” contra una molécula cuyo peor pecado es haber sido generada, hace medio siglo, por la estadounidense Monsanto.
Ya no importa si la patente está vencida y hoy es elaborado por decenas de empresas en todo el mundo (las más importantes en China). Los verdes le siguen pegando a una empresa cuyo nombre demonizado pronto desaparecerá, cuando se concluya la compra por parte de Bayer.
Tampoco importa evaluar los enormes beneficios que este herbicida brindó a la agricultura, y en particular a la agricultura sustentable. Lo sabemos bien en la Argentina, donde más se avanzó en el mundo con la siembra directa. La combinación del glifosato con la soja modificada genéticamente para tolerarlo facilitó enormemente el desarrollo del sistema. Eso implicó el ahorro de tres cuartas partes del combustible utilizado antes para el laboreo, destinado en buena medida para el control de malezas.
Entre otras estrategias, se utilizaba un herbicida en pre-siembra, llamado Treflán, que requería un fino roturado del suelo antes de la aplicación. E inmediatamente, la incorporación con una o dos pasadas de rastras de discos. El suelo quedaba hecho una harina, la materia orgánica desaparecía, y el sol “pasteurizaba” la biodiversidad que anida en su interior. La siembra directa devolvió la vida.
Y no todo se resume a la siembra directa. Los propios agricultores franceses, que siguen torturando a sus suelos con su parafernalia de instrumentos medievales, hicieron esta semana un piquete en Champs Elyseés, la emblemática avenida de París que une el Arco del Triunfo con la Place de la Concorde.
Decían a viva voz que la prohibición del glifosato los iba a dejar afuera de competencia con otros productores europeos. A pesar de no hacer siembra directa, tiene un amplio uso en los barbechos y han logrado reducir la cantidad de labores, bajando algo sus costos.
En esa manifestación de Champs Elyseés, los chacareros franceses desplegaron también un llamativo cartel que aludía a la “Soja argentin GMO”, remarcando con gruesos trazos de evidencia que saben bien dónde reside “el verdadero enemigo”. Entienden que si les quitan instrumentos tecnológicos, les será cada vez más difícil competir con quienes emplean bien las herramientas que provee la ciencia sana. Hace años que vienen para atrás.
Cuando conocí la agricultura francesa, hace 35 años, el trigo (su producto más característico, popularizado por la famosa baguette) venía creciendo a los saltos. Alcanzaron un rinde nacional de 75 qq/ha en 1998, el doble que en 1970. Ahí quedaron, y ahora están en baja. La apelación a emociones fáciles, especialidad del proselitismo verde, desató la ola tecnofóbica que hoy recorre la vieja Europa y puso el pie en la puerta giratoria del progreso agrícola.
La respuesta, en lugar de avanzar en ciencia y tecnología, y mejorar las prácticas agrícolas, es el regreso al proteccionismo. Y aquí es donde está el peligro. Recordemos que la UE obligó a los países miembro (entre ellos Francia) a retomar la importación de biodiésel argentino, elaborado precisamente con aceite de soja.
Esta misma semana se reanudaron los embarques, y los elaboradores europeos ya pusieron el grito en el cielo. No se van a rendir antes de disparar la última bala.

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