lunes, 28 de octubre de 2013

El francés que se enamoró del malbec argentino


Es uno de los impulsores más firmes del malbec como “la cepa” para terminar de instalar la vitivinicultura argentina en el mundo. Fue uno de los primeros productores de vinos de calidad en el despegue exportador de la Argentina. Hoy, su bodega cumplió 20 años, exporta el 85% de lo que produce y dice que [...]
Es uno de los impulsores más firmes del malbec como “la cepa” para terminar de instalar la vitivinicultura argentina en el mundo. Fue uno de los primeros productores de vinos de calidad en el despegue exportador de la Argentina. Hoy, su bodega cumplió 20 años, exporta el 85% de lo que produce y dice que el gran desafío es mantener la calidad en un entorno de aumento de costos y pérdida de rentabilidad y competitividad Hervé Joyaux Fabre nació en Burdeos, Francia, y es miembro de una familia de larga trayectoria en el negocio vitivinícola en esa región, meca de la vitivinicultura mundial. “Mis ancestros tenían dos fincas y eran productores de vino. Pero después de la Segunda Guerra Mundial, la situación era muy difícil y mi padre tuvo que vender las propiedades”, explica Fabre. Comenzó a trabajar como “comerciante en vinos”, que es una figura muy conocida en Francia. “Yo compraba vinos distintos, hacía los cortes y los vendía con mi marca”. Pero quería tener sus viñas. “En Francia era imposible comprar algo bueno, como lo que yo quería. Fui a España, pero tampoco me gustó lo que vi. Llegue a Chile, cuyos vinos hace 22 años eran más conocidos que los argentinos, pero no encontré nada que justificara una mudanza de 12.000 kilómetros”.
En 1992 llegó al país y tuvo el primer contacto con los vinos argentinos buscado botellas en las estanterías. Viajó a Mendoza y en los piletones conoció vinos excelentes y tomó la decisión de “hacer un vino especial con el malbec argentino, algo diferente a todo lo que había conocido”. Buscó y encontró unas viñas de esa variedad plantadas en 1908, así que “levanté mi casa en Burdeos, vendí todo y a fines de 1992 compré la finca y en 1993 inauguré la bodega, construida al estilo de Burdeos”. Invirtió unos US$2,5 millones y a los tres años compró otra finca en Río Negro.
Fue el segundo extranjero en producir en la zona, pero dice ser el primero a quedarse a vivir. “Comencé exportando a los Estados Unidos porque mis contactos eran internacionales y no tenía relación con el mercado interno. Quise ofrecer algo distinto y original, por eso elegí el malbec, y en los primeros tiempos, el mayor trabajo era explicar que no era vino chileno”.
Reconoce que “no fuimos los primeros en hacer malbec ni mucho menos pero, creo, apostamos más fuerte, y de entrada, por la diferencia que significaba la cepa para la industria argentina”.
Por eso ahora dice que hay que convencer a productores de otros países a plantar malbec. “Hay que globalizar la cepa y aprovechar que tenemos el mejor producto disponible. Cuanto más se conozca el malbec en el mundo, más ventajas tendremos”.
Asegura que la formula para la actual coyuntura es “tratar de no perder plata y mantener la calidad del vino”. Sostiene que el aumento de costos, que se nota en todos los insumos de la industria, desde la mano de obra hasta la distribución junto a la caída en el tipo de cambio real, ya comenzó a advertirse en los productos de exportación, que sufren problemas de competitividad. Y ante esa situación reitera que “se debe cuidar los que conseguimos en quince años: hay que aguantar sin perder la calidad”.

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