jueves, 5 de marzo de 2015

Soja: ¿rinde o calidad?


La soja se ha transformado en el principal producto de exportación de la Argentina. Pero luego de casi dos décadas de producción intensiva, el sistema da señales claras de caducidad. A nivel agronómico, el esquema está sostenido por un paquete tecnológico (que incluye a un cultivo y productos fitosanitarios), que configuraron un modelo productivo de […]
La soja se ha transformado en el principal producto de exportación de la Argentina. Pero luego de casi dos décadas de producción intensiva, el sistema da señales claras de caducidad.
A nivel agronómico, el esquema está sostenido por un paquete tecnológico (que incluye a un cultivo y productos fitosanitarios), que configuraron un modelo productivo de manejo relativamente sencillo, haciendo un planteo anual en el que se incluía una rotación con trigo, maíz o sorgo. Sin embargo, el uso indiscriminado de estos productos fortaleció la resistencia natural de las malezas y los insectos, reforzada por millones de años de adaptación. En este sentido, los especialistas apuntan a entender mejor la naturaleza y adaptar los sistemas de la manera más eficiente, rotando principios activos y cultivos para poder seguir produciendo alimentos.
A nivel político, un marco impositivo extractivo (el 80 por ciento de la renta agraria se va en impuestos, según la fundación Fada) fue sacando del panorama a los otros cultivos. Sofocados por una presión fiscal asfixiante y en busca de una rentabilidad asegurada, el maíz y el trigo, junto con actividades como la ganadería y la lechería, llevaron a la soja a un callejón sin salida, como única alternativa productiva, a sabiendas de que el monocultivo es pan para hoy y hambre para mañana.
En este marco, la gradual pérdida de calidad y proteína de nuestra oleaginosa se explica por esa desesperada necesidad de mejorar los rendimientos: a más rinde, menos proteína.
Pero para lograr más proteína en soja, hace falta aplicar más fertilizante, puntualmente nitrógeno. Pero las semilleras y el productor han ido priorizando factores como el rinde, la estabilidad y la resistencia. De hecho, datos de Fertilizar Asociación Civil confirman que el uso de fertilizantes cayó un 5 por ciento la campaña pasada.
Hoy somos el principal exportador de harinas, biodiésel y aceites crudos de soja del mundo, y uno de los principales de subproductos de girasol, maíz y sorgo. De allí que hoy por hoy la calidad de nuestra soja debería transformarse en un tema de Estado. En la cosecha pasada, el nivel de proteína que se midió fue el más bajo del que se tiene registro y en esta campaña apenas repuntaría y se ubicaría en 37,2%, según las mediciones de la Cámara Arbitral de la Bolsa de Comercio de Rosario.
Los especialistas confirman que en la pérdida de calidad industrial del grano también inciden factores de manejo, pero tal vez sean los factores climáticos y ambientales los que más impacten en este sentido.
Costos
Las consecuencias de este fenómeno salen cada vez más caras al productor en particular y al país en general (405 millones de dólares en 2013), ya que el esfuerzo para mantener la calidad en la industria implica mayores costos energéticos por elevar el nivel de proteína mediante un proceso adicional de secado.
Se estima que una planta de crushing modelo consumirá alrededor de un 5 por ciento más de gas y un 4 por ciento más de energía eléctrica por tonelada de grano procesado para obtener una harina con proteína del 46 por ciento.
A su vez, se agrava la pérdida de volumen del subproducto al disminuir la humedad. Si bien en general la harina de soja puede comercializarse con hasta un máximo de 12,5 por ciento de contenido de agua, el promedio de la industria nacional está reduciendo la humedad final al 10,5 por ciento mediante un proceso adicional de secado, con el fin de elevar el tenor proteico del subproducto.
Por último, se sufre una reducción de ingresos por descuentos comerciales aplicados por la venta al exterior de harina con menor calidad que la exigida según estándares internacionales.
Ineficiencias
Al desgaste del suelo mencionado por la reducción de la práctica de rotación, se suman las ineficiencias en temas como la poscosecha. En el país se pierden por fallas en la cosecha unos 1.100 millones de dólares por año. De este valor, unos 822 millones son de grano de soja que queda entre los rastrojos, luego del paso de las máquinas, sostiene Inta.
El futuro del presente, como dice Grobocopatel, implica seguir por este camino, rumbo al fracaso. El futuro del futuro, en cambio, implica dar una vuelta de tuerca al sistema productivo, donde los pueblos del interior, el cuidado del recurso suelo y la implementación de políticas que favorezcan el asociativismo y el agregado de valor asomen como la salida de esta encrucijada. Para lograrlo, hacen falta empresarios y políticos de este tiempo, no del pasado. El Programa Estratégico Alimentario lanzado por el Gobierno (PEA 2020) es sólo un esbozo del camino a seguir, aunque sus metas no se alcanzarán si seguimos por esta senda productiva.
La intervención estatal debe ser virtuosa y no extractiva: temas como el ordenamiento territorial, el incentivo a pequeñas localidades del interior, una enorme inversión en infraestructura y el desarrollo de las terminales portuarias locales junto con la hidrovía son los mayores desafíos. Sudamérica participa con menos de la mitad de la producción mundial de alimentos, pero en 2030 superará con creces esos valores. “Estos efectos sobre la demanda generarán mayor necesidad de carnes de todo tipo, proteína animal, que se genera con la soja, proteína vegetal insustituible”, dice Rodolfo Rossi, presidente de Acsoja. La manera es producir más con menos, donde el suelo, el agua y la energía se preserven “en una ecuación de máxima eficiencia en la utilización de los recursos”.
Según Rossi, para aumentar los rindes hay que plantear una agricultura con enfoque intensivo. Pero para que los rindes crezcan, debe crecer la fertilización, emparejando ese incremento productivo con una mejora de la calidad.

Desafíos
En cuanto a la creación de valor, hay mucho para hacer. La difusión de tecnologías de producción de alimentos y usos industriales a base de la soja, y una política de incentivos con promoción y acceso a los mercados van a generar el impacto social propuesto.
Finalmente, hay que entender que el poroto en sí mismo ya tiene mucho valor agregado “expresado en conocimiento, siembra directa, biotecnología, trabajo de germoplasma y maquinaria agrícola”. La meta es seguir agregándole valor en productos como la leche de soja, jugos, chacinados, fiambres o chocolates, que contienen trazas de soja. Helados, glicerina farmacopea, cosmética y farmacia. La oleoquímica, una química renovable que reduce la huella de carbono y la emisión de gases de efecto invernadero; además de espumas, solventes, resinas, polímeros; desarrollos que pueden generar nuevos trabajos. Ésas son las metas de Acsoja.
El ambiente no se puede controlar. Por eso, para mejorar la proteína y los rindes se debe partir por mejorar la genética, “generando variedades estables en distintos ambientes para alta proteína”, dice el Inta. En el campo, la meta del productor implica acompañar esa genética con un adecuado manejo del cultivo para potenciar el nivel proteico de la soja.
La última semana, el gobierno nacional dispuso que a partir de ahora es obligatorio que todos los granos que lleguen a puerto y planta sean enviados a laboratorios para analizar su calidad, según la resolución 32/2015 del Ministerio de Agricultura.
El potencial está ahí, desarrollándose tranqueras adentro, a la espera de una política oficial que lo ponga en marcha en beneficio de todo el país. Como dijo Roberto Bisang en las jornadas de Agroindustria de Santa Fe: “Si los países del mundo fueran un edificio, en el reparto mundial nos tocó un departamento chiquito y oscuro, pero tenemos un amplio jardín en un mundo con hambre. ¿Qué haremos para aprovecharlo?”.

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