En estos días, muchos agricultores se sienten como Leonel Messi
En estos días, muchos agricultores se sienten como Leonel Messi. Siembran con semillas de la mejor genética. Usan drones que les dicen cuánto herbicida o fertilizante hay que aplicar en un lote. Están familiarizados con conceptos como el big data o la innovación de procesos de organización. No tienen nada que envidiarle a losfarmers de Estados Unidos. Sin embargo, aquí son hostigados, criticados y hasta puestos en el lugar de aprendices cada vez que un político o economista les dice que “hay que agregar valor”.
En esa suerte de negación del que acaso sea el sector más dinámico de la economía argentina pueda encontrarse la explicación del porqué la agricultura vive hoy su peor crisis de los últimos doce años.
El pico de esa negación ocurrió en el conflicto por la 125, en 2008. A partir de ese momento, el Gobierno vio a los productores rurales como enemigos políticos. Creyó que allí estaba la antigua oligarquía, en vez darse cuenta de que se trataba de la verdadera “burguesía nacional” de la que tanto se enorgullecía el peronismo por defender. Este sector social y económico no sólo está formado por productores de diferentes escalas, sino por una red de contratistas, profesionales y técnicos que se extiende a los comerciantes de los pueblos, a los trabajadores de las fábricas de maquinaria agrícola y los camioneros, entre otros. Es esa red que contribuye a dinamizar los pueblos y ciudades del interior. Según un cálculo de la Asociación Argentina de Consorcios Regionales de Experimentación Agrícola (Aacrea), más del 80% del gasto y la inversión de cada cosecha se localiza en las regiones de origen.
El kirchnerismo, sin embargo, decidió que a ese sector había que sacarle todo el jugo posible y no devolverle nada. Los economistas del agro calculan que, en concepto de derechos de exportación, el campo aportó unos 80.000 millones de dólares desde 2002. Con una parte mínima de esos recursos, sostienen, al menos se podrían haber construido autovías o puesto en marcha el ferrocarril.
Captura de la renta
Así fue como el Gobierno decidió capturar la renta de soja. Dejó libre su mercado. No le fijó cupos para exportar, como sí lo hizo con el maíz y el trigo. Eso hizo que la oleaginosa fuera el cultivo con menor riesgo político, aunque con una elevada carga impositiva, que se disimulaba cuando los precios internacionales alcanzaban récords.
Con el maíz y el trigo, el Gobierno intervino en los mercados con el argumento de que había que “proteger la mesa de los argentinos”. Entre 30 y 40% de la producción de esos cultivos, depende del volumen de la cosecha, tiene como destino la industria local. Le fijó cupos de exportación, dudosamente otorgados, y eliminó la tradicional competencia entre exportadores y procesadores (molinos, frigoríficos avícolas, entre otros) por hacerse de la mercadería. Ese mecanismo operó como un sistema de millonaria transferencia de recursos, desde los productores hacia las industrias y los exportadores. Los consumidores, punto final de la cadena, tampoco se beneficiaron. De aquel pan felipe a 10 pesos por kilo que soñaba Guillermo Moreno hace dos años, hoy hay que sacar de la billetera no menos de 25 pesos.
Este modelo de captación de renta e intervención ni siquiera es modificado ahora para facilitarle la tarea a quien asuma la presidencia el 10 de diciembre próximo, aunque el sucesor sea del oficialismo. La superficie sembrada con trigo, que se empieza a cosechar en diciembre, cayó 16%. En otras palabras habrá menos dólares reales que pasarán por el Banco Central. Y si se confirman los pronósticos de caída de área para la soja, que se cosechará a partir de mayo de 2016, la herencia será peor.
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